#21 Jaque a la democracia
Totalitarismos, obediencia de las masas y las cuatro muertes de la verdad
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio, pues yo no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio, pues yo no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté, pues yo no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté, pues yo no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no quedaba nadie más que pudiera protestar por mí.
Martin Niemöller
Umberto Eco contaba que tenía once años cuando descubrió el significado de la palabra «libertad». Era el 27 de julio de 1943: Mussolini había sido arrestado, el régimen había caído y, por primera vez, leyó en un periódico las palabras «libertad» y «dictadura».
Pocos años después, Hannah Arendt escribiría sobre los orígenes de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX desde su propia experiencia como judía alemana exiliada. Timothy Snyder, historiador especializado en la Unión Soviética y el nazismo, advertía ya en 2017, tras la primera victoria electoral de Trump en Estados Unidos, sobre las recetas de la tiranía y los mecanismos para combatirla. Y Stefan Zweig nos dejó en El mundo de ayer el relato de la inocencia, el descrédito, la desesperanza y la zozobra que acabarían llevándolo al suicidio.
En todos ellos, y en muchos más, encontramos pistas para reconocer el umbral de los sistemas totalitarios, de la tiranía y del resurgir de las masas.
No hay más que leer, identificar patrones, conectar puntos. Y permanecer alerta.
Las masas y el totalitarismo
Si algo caracteriza a los movimientos totalitarios y a su manera de pensar es su extraordinaria adaptabilidad así como la ausencia de razonamiento lógico y causal en su pensamiento. Una suerte de disonancia cognitiva múltiple que no sólo se tolera, sino que se convierte en un rasgo estructural.
A este respecto, y aunque pueda sonar contradictorio, Arendt nos dejó una advertencia clave: en el auge de los totalitarismos del siglo XX, las masas no fueron el resultado directo de la desigualdad creciente ni de la pauperización educativa, con la consiguiente vulgarización de los contenidos. Incluso contando con élites preparadas para hacer frente a “la emergencia de demagogos, la credulidad, la superstición y la brutalidad”, las personas cultas sintieron una poderosa atracción por los movimientos de masas. Ni el individualismo ni la complejidad intelectual de los estratos más altos evitaron el riesgo de abandonarse a ellas.
En su momento se trató de justificar el fenómeno apelando al prevalente nihilismo de las élites culturales. Pero la realidad era otra; y es que los intelectuales eran sólo una parte, minúscula, aunque visible, de un problema mucho más amplio.
Las masas surgían, y siguen surgiendo, de sociedades fragmentadas, aisladas y sumidas en una profunda soledad. Tendemos a creer que lo que caracteriza al hombre-masa es la ignorancia o la brutalidad, cuando en realidad lo que lo define es el aislamiento y la ausencia de relaciones sociales normales y estables.
El totalitarismo se alimenta de la obediencia de las masas, pero no porque compartan un interés común. Al contrario: las masas se definen por su incapacidad para integrarse en un proyecto colectivo común, en gobiernos u organizaciones. Están formadas por individuos políticamente indiferentes, neutrales, que no se adhieren a ningún partido y rara vez participan en procesos electorales. Sobre el peligro que supone para la democracia la desafección política y la abstención electoral prometo profundizar en otro momento. Sirva esto que lees de mero anticipo.
A medida que el totalitarismo avanza, los partidos tienden a abandonar los programas y a volverse más psicológicos e ideológicos en su propaganda. Apelan a la emoción, a las apologías y a la nostalgia. En el proceso, los neutrales y los indiferentes van siendo absorbidos, transformados o directamente descartados. En la huida hacia adelante del radicalismo, eso deja de importar.
El fin del espejismo de la democracia
Arendt afirmaba que el triunfo del totalitarismo supuso el colapso de dos espejismos que habían nublado la capacidad de ver la realidad social y habían puesto en jaque a la democracia efectiva.
El primero fue la convicción de que era el pueblo, en su mayoría, quien participaba activamente en el gobierno, y de que todo el mundo simpatizaba con un partido u otro. La realidad demostró lo contrario: la existencia de una mayoría compuesta por una masa neutral y desafecta. Aceptar este hecho implicaba reconocer, en palabras de la propia Arendt, que “la democracia podría funcionar según normas activamente reconocidas solo por una minoría”. Es decir, que las reglas que dirigen y controlan la sociedad se establecen, en la práctica, por unos pocos.
El segundo espejismo que se desvaneció fue la creencia de que esas masas neutrales e indiferentes eran irrelevantes para la vida pública. Que estaban simplemente de fondo, como un decorado social sin agencia política. En realidad, la democracia se sostenía sobre cimientos frágiles de “aprobación tácita”, sobre la tolerancia y la connivencia de quienes no participaban. El hechizo se rompió al constatar que la democracia respondía a mayorías espurias, desconectadas de las realidades del país.
“Los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas”, Hannah Arendt.
Mientras un movimiento fanático se mantenga cohesionado, sus miembros, a diferencia de los idealistas, no pueden ser influídos por el conocimiento, la experiencia o el argumento racional. Frente a datos objetivos, cambiar de opinión no debería ser especialmente difícil. Sin embargo, lo que resulta habitual es utilizar las propias ideas, y no los hechos, para reforzar convicciones previas. Estamos hechos de sesgos y atajos cognitivos: mecanismos de ahorro de esfuerzo que nos facilitan reaccionar sin pensar demasiado. Y ese es un terreno peligroso.
El fascismo eterno
Corría el año 1995 cuando Eco, en su discurso contra el fascismo en la Universidad de Columbia, advertía de la necesidad de identificar lo llamó fascismo eterno o ur-fascismo. Un concepto que agrupaba una serie de rasgos variables, atribuibles no sólo al fascismo histórico, sino también a otras formas de tiranía, como el despotismo o el fanatismo. No se trataba de una definición cerrada, sino de una alerta: la mera presencia de alguno de esos rasgos debería hacernos cuestionar si estamos ante un régimen que subordina todos los actos individuales al Estado y a su ideología.
Eco señalaba el irracionalismo derivado del culto a la acción por la acción; la convicción de que “pensar es una forma de castración”; la sospecha hacia la cultura cuando esta se convierte en puerta de entrada a la crítica. El fascismo eterno es incompatible con el pensamiento crítico, porque éste revela contradicciones, y toda contradicción es interpretada como traición.
El desacuerdo implica diversidad y si algo no tolera el totalitarismo es la falta de consenso o las desviaciones del pensamiento único. Por eso identifica a los disidentes como intrusos que deben ser eliminados. Eco subraya también la obsesión totalitaria por los complots y las conspiraciones: la masa debe sentirse asediada, humillada, perseguida por enemigos poderosos que no piensan como ella.
“Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del Parlamento porque no representa ya la «voz del pueblo», podemos percibir olor de ur-fascismo”, Umberto Eco.
La identidad totalitaria
La finalidad última de cualquier totalitarismo es lograr que la masa fervorosa consagre su vida a la causa y, en el camino, enaltezca y proteja al líder. La paz nunca es una opción: si lo fuera, el movimiento perdería su razón de ser. Para el totalitarismo, el estado de guerra permanente es innegociable. Siempre hay enemigos que derrotar.
A los totalitarios no se les da bien la gestión de la ambivalencia. Son expertos en fabricar la ficción de la existencia circunstancias excepcionales que justifican respuestas de emergencia. Con el tiempo, esa excepcionalidad se normaliza. La emergencia deja de serlo y se convierte en regla. La sociedad acaba viviendo, casi sin darse cuenta, en un estado de alarma permanente.
El primer daño colateral de esta lógica es el resquebrajamiento institucional. La tensión entre seguridad y libertad se presenta como un dilema irresoluble, cuando en realidad ambas deberían reforzarse mutuamente: “la vigilancia eterna es el precio de la libertad”.
La muerte de la verdad
Que es el segundo daño colateral.
En contextos de emergencia permanente se producen dos fenómenos paralelos que erosionan el contrato social y nos dejan expuestos a la manipulación. Por un lado, la verdad se vuelve secundaria, compleja, incómoda. Por otro, ante la imposibilidad de gestionar la verdad establecer límites claros entre lo que lo que lo es y lo que no, la sociedad se vuelve cínica, insegura y temerosa.
El tirano aprovecha entonces la dicotomía entre libertad y seguridad, empujando a los ciudadanos a intercambiar libertad real por una falsa sensación de protección. Idealmente, un gobierno debería maximizar ambas pero no tengo claro si esto es realista o aspiracional, aunque sí creo que libertad y seguridad son dos caras de la misma moneda. En una crisis constante, pensar en el futuro se percibe como una traición al presente; como una deslealtad al prójimo y al Zeitgeist.
Snyder afirma que la posverdad es prefascismo. Pero ¿quién determina qué es verdad y qué no lo es? Quis custodiet ipsos custodes? Nos lanza así a la responsabilidad individual de investigar, contrastar y cuestionar, recordándonos que lo que no gusta al líder se convierte rápidamente en fake news. Los totalitarismos utilizan los medios para generar oleadas de propaganda que despiertan pasiones antes de que nadie tenga tiempo de evaluar los hechos. Una vez formada la opinión conforme a la consigna, disentir equivale a traicionar.
Pero volvamos a la gestión de la verdad, que es donde Snyder pone más el foco. Una sociedad que duda de todo y no sabe a qué fuentes acudir es una sociedad en riesgo. Cuando todo es cuestionable, ninguna cuestión infundada puede ser criticada y se produce una renuncia progresiva al manejo adecuado de la realidad. El resultado es una masa perfectamente manipulable.
Snyder identifica cuatro muertes de la verdad:
La hostilidad abierta hacia los hechos verificables. La evidencia pierde autoridad y la realidad se vuelve negociable. No importa tanto qué ocurrió como a quién beneficia la versión que se impone. El relato se come al dato.
La repetición ritual de consignas hasta convertirlas en verdades indiscutibles. Repetidas una y otra vez, las consignas sustituyen al razonamiento y generan una familiaridad engañosa: lo escuchado muchas veces empieza a parecernos verdadero. Empezamos a aceptar lo intolerable y a justificar lo criminal.
El pensamiento mágico, es decir, razonar sin causalidad, sin lógica empírica, sin necesidad de coherencia interna. Ante un mundo complejo e incierto, la explicación simple, aunque sea falsa, ofrece alivio y acaba siendo la preferida.
La confianza desmerecida. El desplazar la verdad desde los hechos hacia la figura del líder. No importa lo que se diga, sino quién lo dice convirtiendo al líder en fuente última de legitimidad, en árbitro de lo que es real. Cuestionarlo ya no es discrepar, sino traicionar.
“Un momento de shock hace posible una eternidad de sumisión”, Timothy Snyder.
Snyder nos regala también la reflexión sobre el concepto de las políticas de la eternidad: aquellas que anestesian el presente y el futuro mediante la mistificación del pasado. Al impedir pensar en lo que podría ser, atrapan a la sociedad en una repetición constante de agravios y cuentas pendientes. Es una forma eficaz de desviar la atención y tenernos mirando al dedo en lugar de a la luna.
Así se construye la costumbre de habitar bucles de victimización, de moralidad dogmática, de debates circulares sobre lo que es y no puede cambiar, en lugar de sobre lo que podría ser y no se hace.
Una solución última
Eco nos deja una reflexión inquietante que me va a servir para anticipar el cierre. Si todos los enemigos del totalitarismo deben ser derrotados, ha de llegar inevitablemente el momento de la batalla final. De la solución última. La promesa de que un mundo mejor aguarda al otro lado, justificando todos los medios. Y a esa victoria debería seguir una era de paz, lo que contradice el principio de guerra permanente que define a todos los movimientos totalitarios.
La contradicción nunca se resuelve. Porque si algo caracteriza a los totalitarismos y a las masas que los secundan es la convivencia pacífica con una disonancia cognitiva constante e irresoluble. Snyder apela, frente a ello, a servir de ejemplo, a romper el statu quo, a desconfiar de los símbolos de lealtad que excluyen en lugar de incluir. A recordar que las etiquetas crean guetos ideológicos y que la lealtad auténtica no se mide por consignas, sino por actos.
El totalitarismo rara vez irrumpe como un acontecimiento súbito y reconocible. Se instala de forma gradual, pone en jaque a las instituciones, aprovecha la fatiga de la sociedad, la desafección y el desgaste moral. Ocupa vacíos silenciosos de una ciudadanía cansada, acostumbrada a certezas rápidas y a promesas de seguridad.
Así, la libertad no se pierde de golpe: se va entregando poco a poco, hasta que ya no queda espacio para reclamarla.


Muy buena lectura y análisis para poder unir puntos.
Los sistemas complejos como los sociales son tozudos en la perpetuación de patrones.
Me suscribo!
Cuando usamos “totalitarismo” para describir dinámicas que aún operan dentro de democracias formales, ¿no corremos el riesgo de dejar de ver cómo estas se vacían sin romperse?