#27 La gente eres tú
«¡No matéis el tiempo! Es nuestra vida una esperanza que se está convirtiendo sin cesar en recuerdo, que engendra a su vez a la esperanza».
Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida
Cuando te quejas de que la gente no va a votar, de que no sabe lo que vota, de que no se lee los programas electorales o espetas que disfrute lo votado.
De que la gente vota por identidad, por castigo o por descarte.
De que antes eran de izquierdas y ahora son de derechas.
De que antes eran de derechas y ahora son de izquierdas.
De que la gente cambia demasiado o de que no cambia nunca.
Cuando dices que la gente es demasiado pesimista, que vive instalada en el fatalismo, que todo va a peor y que no hay nada que hacer.
O que es demasiado optimista sin conciencia, que no ve venir la que se nos viene encima, que vive anestesiada.
Que cree que mañana se acaba el mundo o que nunca pasa nada. Que se pasa la vida exagerando.
La gente eres tú.
Cuando te rebelas porque la gente ya no lee libros, porque ha perdido la atención, el interés, la curiosidad. Porque no pasa de los titulares, porque no se lee ni un artículo entero, porque se queda en el tuit o en el vídeo de treinta segundos.
Porque no suelta el móvil, porque vive enganchada a la pantalla o porque nunca contesta a los mensajes.
Porque ahora a la gente le gustan cosas cada vez más raras. O porque le gusta lo mismo de siempre.
Cuando te indignas porque la gente no tolera opiniones diversas, porque ya no se puede hablar de nada, porque todo es tabú, porque cualquier conversación se convierte en una trinchera, porque la gente vive en una guerra fría permanente.
Te revuelves porque la gente tiene la piel muy fina, porque se ofende por todo, porque confunde disentir con atacar. Porque cree que discrepar es faltar al respeto. Porque se cree con absoluta superioridad moral.
La gente eres tú.
Cuando protestas porque la gente opina de todo sin saber, porque habla sin haberse informado, porque juzga con demasiada ligereza o porque se guarda el juicio para cuando le conviene. Porque ya no se habla de nada con profundidad. Porque todo es o blanco o negro.
Cuando murmuras que la gente es muy maleducada, que no sabe comportarse, que ya no se dice «por favor» y «gracias», que se está perdiendo la educación y el civismo, que la gente ya no piensa en el prójimo.
La gente eres tú.
Cuando piensas que la gente sólo consume contenido basura.
Que vive apoltronada en el sofá, enquistada en la abulia, que sólo piensa en evadirse, que está en la vida de paso o que pasa de largo.
Que no hace arder las calles, que no se manifiesta cuando hay cosas importantes en juego, que no se juega la piel o que se la deja en asuntos irrelevantes.
Que protesta cuando gobiernan los otros y se calla ante las tropelías de los suyos.
Que si los nuestros, que si los vuestros. Que si ellos, que si nosotros.
Que la gente se conforma con nada y, al mismo tiempo, lo quiere todo.
Que exige cambios sin coste personal, soluciones sencillas a problemas complejos, que reclama derechos sin asumir deberes.
La gente eres tú.
Tras «la gente» nos escondemos para evitar ver nuestro propio reflejo, para indignarnos sin implicarnos y para exigir privilegios sin asumir responsabilidades.
Pero «la gente» no existe.
Nadie vota por ti, nadie habla por ti, nadie piensa por ti y nadie se informa por ti. La responsabilidad individual sobre la vida que quieres vivir se deriva de tus decisiones cotidianas. De la calidad de esas decisiones, de lo que eliges leer, escuchar, creer o ignorar, del tipo de persona que elijas ser, dependerá el resultado de tus días.
Y en todas ellas, «la gente», irremediablemente, eres tú.
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