#38 Somos a lo que renunciamos
Sobre el arte de decir que no, los cementerios silenciosos y el error de creer que alguien te está mirando
Hace unas semanas vi Deseando amar, una película en la que los protagonistas sospechan la traición de sus parejas y comienzan a reunirse para entender cómo empezó esa relación. Y en ese proceso de elucubración surge entre ellos una conexión emocional profunda, aunque ambos se imponen un límite: no quieren «rebajarse» a hacer lo mismo que quienes los traicionaron. De esta manera, la tensión de la película está en lo que no ocurre: está repleta de miradas, pasillos estrechos, lluvia y melancolía. El deseo está presente, pero siempre contenido por el sentido del deber, el miedo al qué dirán y una ética personal muy marcada.
Creo que hay también una reflexión más amplia sobre las oportunidades perdidas pues hay una pregunta que sobrevuela toda la película: ¿qué habría pasado si…? Y, por supuesto, un espacio dedicado al amor no vivido.
Y así fue cómo, en mi cabeza, Deseando amar me conectó con una convicción que tengo y es que, a pesar de que tendemos a definir nuestra identidad a partir de lo que creemos que somos, a través de lo que hacemos y lo que decimos, construyendo un relato de nosotros mismos hecho de ambiciones y de logros, una parte fundamental de lo que somos viene determinado por algo que nos cuesta más contabilizar: nuestras renuncias.
Todo a lo que decimos que no.
Nos cuesta más contabilizar nuestras renuncias porque representan las oportunidades perdidas, los impulsos que acallamos, esa opción que dejamos encima de la mesa. Son nuestros propios vacíos representados por los huecos que decidimos, consciente o inconscientemente, no llenar. Son esas puertas que cerramos, con más o menos ruido. Son los sacrificios que nadie ve pero que tú llevas bien contabilizados.
Estoy convencida de que todo eso marca nuestro camino casi tanto, o quizás más, que nuestras acciones más visibles. Nuestras renuncias denotan nuestros valores, revelan nuestras prioridades, y delatan nuestros principios mejor que cualquier declaración de intenciones.
La opción que no elegimos
Los economistas tienen un nombre más técnico para esto, que es el coste de oportunidad. Que quiere decir que lo que pagas no es sólo el precio de lo que eliges, sino el precio de aquello a lo que renuncias al elegirlo. Nuestros recursos son limitados, tanto nuestro tiempo como nuestra energía, así que cada minuto de atención que dedicas a una cosa es un minuto de atención que no estás dedicando a otra.
Oliver Burkeman, en Cuatro mil semanas, afirma que la gestión del tiempo es, en el fondo, la gestión de lo que decides no hacer. Porque decidir bien no es optimizar las horas con las que cuentas para hacer cosas (o no sólo); es tener la fuerza de voluntad de dejar morir las mil cosas que no podrás hacer, que nunca llegarán a materializarse. Y eso nos duele a todos, porque cada renuncia es también un duelo: el duelo de la versión de ti que ya no vas a ser, del camino que se cierra cuando eliges otro.
Yo admiro una buena gestión del no porque creo que hay un arte poco reconocido y celebrado en el arte de saber decir que no. No me refiero al no defensivo, a ese no que es más bien miedo disfrazado de decisión. Me refiero al no que viene de saber qué quieres y de la sabiduría de que todos los síes conllevan también un sacrificio o un coste. Un no bien dicho puede ser un acto de identidad. Tal vez el más honesto de todos, porque renunciar no tiene por qué implicar limitarse.
Es saber que tenemos la posibilidad de elegir. Y la posibilidad de elegir es una manera de libertad.
El corsé de la ideología
Hay otro tipo de renuncia mucho más perniciosa: la que haces cuando te adhieres a una ideología.
No me refiero sólo a la ideología política, aunque ahí el ejemplo es más visible. Me refiero a cualquier sistema de ideas lo suficientemente cerrado como para decirte qué pensar antes de que tú mismo hayas podido pensar. La ideología como identidad es siempre una trampa, porque en algún momento deja de ser tuya y tú empiezas a pertenecerle a ella.
Isaiah Berlin distinguía entre libertad negativa, es decir, la ausencia de obstáculos externos a perseguir y conseguir lo que te propones, y libertad positiva, la capacidad real de dirigir tu propia vida y de tomar tus propias decisiones libremente. Lo que la ideología hace cuando se convierte en identidad es erosionar la segunda mientras te convences de que estás ejerciendo la primera. Te sientes libre porque eliges un bando mientras que no te das cuenta de que elegir el bando será la última elección consciente y meditada que hagas: una vez dentro, el bando será quien elegirá tus preferencias por ti.
Cuando afirmas, por ejemplo, ser de izquierdas o de derechas, liberal o conservador, como si eso respondiera automáticamente a cualquier pregunta, estás cerrando conversaciones antes de empezarlas y le estás diciendo a tu cerebro: en este tema ya tenemos la respuesta. Y el cerebro tiende a obedecer, obviamente, agradecido por el ahorro cognitivo.
El problema es que la complejidad del mundo no cabe en ningún marco ideológico predeterminado. Y cuando la realidad no encaja con el marco, tenemos dos opciones: revisar nuestro marco ideológico o ignorar la realidad.
La ideología como identidad suele elegir la segunda, porque revisar el marco ideológico es complejo, y lo sentimos como una traición que ataca nuestra propia identidad. Como si actualizar tu pensamiento fuera una debilidad en lugar de auténtica fortaleza intelectual.
Yo no creo que sea posible tener ideología; mi experiencia me ha demostrado que la ideología siempre te acaba teniendo a ti. Y en ese escenario se debilita tu capacidad de disentir o ir contracorriente. Tu yo real queda secuestrado al arbitrio de las consignas predeterminadas de la ideología de catálogo que hayas elegido para ti.
De todas las renuncias que podemos hacer en la vida, creo que ésta es la más cara de todas.
La punta del iceberg
Hablemos ahora del iceberg del éxito o, lo que es casi lo mismo, del sesgo de supervivencia del éxito. Que funciona de una manera similar a la ideología en el sentido de que tendemos a contarnos historias simples en lugar de profundizar en la complejidad de las verdades.
Lo que no solemos socializar, o tendemos a ignorar, en las historias de éxito son dos aspectos: lo excepcional de la historia y el coste de llegar a donde llegaron. Porque no es solamente una cuestión de qué hacer y hacer más para impulsar la suerte endógena, es decir, exponerte a que te pasen cosas (buenas y malas, obviamente aprovechando la primera y gestionando la segunda). Los que triunfan (sea lo que sea eso para cada uno), lo hacen, en gran medida, porque supieron gestionar, más o menos mejor que otros, qué debían dejar de hacer para enfocarse en lo que sí debían hacer.
Porque fueron capaces de renunciar a cosas que otros no fueron capaces de soltar. A la opinión del entorno. A la necesidad de obtener resultados inmediatos. A la comodidad de encajar. A perder en el corto para ganar en el largo.
No vemos toda la inmensidad oculta bajo la punta del iceberg. Vemos, y aplaudimos, el resultado final, brillante y aparentemente repentino, flotando sobre una eterna escalera llena de golpes, con algunos peldaños que faltan, y que alguien ha retirado cuidadosamente antes de la foto. Eso que llamamos «éxito de la noche a la mañana» casi siempre tiene una interminable antesala a la que no apuntan los focos. Y no estoy hablando solamente de grandes éxitos: una pérdida de peso, una mejora física, una mayor satisfacción vital, un ascenso en el trabajo, etc… A esas victorias cotidianas le anteceden meses o años de tenacidad y constancia.
Porque, en nuestro particular camino hacia el éxito, la constancia vale más que la intensidad. La constancia es infinitamente más aburrida que los fogonazos repentinos de intensidad. Requiere de mucho trabajo invisible, repetición monótona y soledad: no tendrás audiencia para tu disciplina. Pero la constancia siempre ganará a la falta de disciplina en el largo plazo . Y un día, derrepente, todo habrá cambiado.
Nassim Taleb habla sobre los cementerios silenciosos: de todos los naufragios que no vemos porque los naufragios no cuentan su historia. Porque sólo cuentan la historia los barcos que llegan a puerto; y a puerto llegan sólo los barcos que sobrevivieron. Y sobre ellos construimos toda nuestra teoría de la navegación. Con el éxito hacemos lo mismo. Escuchamos a los que llegaron victoriosos a la orilla y olvidamos que la mayoría de los que empezaron el mismo camino no aparecen en ninguna reseña pública. En definitiva, un sesgo de supervivencia en toda regla.
Es fundamental entender que la constancia silenciosa es exactamente el tipo de renuncia que construye tu identidad en el largo plazo: esas acciones diarias, pequeñas, repetidas en el tiempo, que nadie aplaude porque nadie ve.
Que se acumulan formando el yo que quieres ser en el futuro que deseas.
Nadie te está mirando
Baila como si nadie estuviera mirando es un consejo barato de autoayuda de calendario de pared, de Mr. Wonderful trasnochado. Pero permíteme el lugar común porque también creo que es una descripción precisa de la realidad: porque nadie te está mirando. Lo que puede ser un gran alivio y un desconsuelo a la vez, lo sé: no somos tan importantes para nadie.
Es curiosa la relación dual que los humanos tenemos con la mirada ajena. Por un lado, queremos ser vistos. Queremos que lo que hacemos importe a los demás, que alguien lo note, que cuando estemos y cuando ya no estemos, haya testigos de nuestra existencia, que cuenten lo que fuimos y lo que hicimos.
Pero, por otro lado, le tenemos un pavor profundo a ser criticados, es decir, que ansiamos ser el centro del mundo sin pagar el precio del escrutinio que implica serlo.
Ahora bien, la paradoja es que los demás están demasiado ocupados siendo el centro de su propio mundo como para prestarnos la atención que imaginamos. La psicología social lo enmarca con el nombre de spotlight effect: sobreestimamos sistemáticamente el grado en que los demás nos observan, recuerdan lo que hacemos y nos juzgan. Ese foco imaginario que creemos que nos apunta constantemente, al más puro estilo El show de Truman, existe casi exclusivamente en nuestra cabeza.
Es lo que se conoce como el síndrome de Streisand; para los que no lo recordéis, en el año 2003 Barbra Streisand intentó eliminar de Internet una fotografía aérea de su casa para proteger su privacidad. Antes de la demanda, la imagen había sido descargada seis veces. Tras la contienda jurídica, la vieron medio millón de personas en un mes. El intento de controlar la mirada ajena produjo exactamente lo que quería evitar, por lo que a veces el ruido más grande es el que hacemos al intentar pasar desapercibidos.
Lo que quiero decir con esto no es que seas irrelevante ni que tus acciones no tengan consecuencias. Es que la mayoría de los obstáculos que nos ponemos en el día día, pensando el «qué dirán», el «no estoy preparado», el «se burlarán de mí» están construidos sobre una audiencia que en su mayor parte no existe. O que, de existir, es muy probable que mañana haya olvidado eso que tanto te costó hacer hoy.
Volviendo al bailar como si nadie te estuviera mirando, no deja de ser una forma más de renunciar: renunciar al foco imaginario. Renunciar a tu juez interno que proyectas en los demás, que no descansa y no se toma recesos.
Renunciar a la audiencia ficticia que te paraliza.
¿A qué renunciarías a cambio de ser quien quieres ser?
Si somos lo que hacemos pero, sobre todo, somos a lo que renunciamos para conseguirlo, ¿renuncias por miedo o renuncias con estrategia? ¿Estás dejando de hacer cosas por ser fiel a quien eres o porque no quieres afrontar las consecuencias de lo que querrías hacer?
Si hoy no eres quien quieres ser, ¿a qué renunciarías para conseguir serlo?
La respuesta a estas preguntas sólo las sabes tú. Pero es muy probable que sean las que conformen tu identidad.
La identidad real: esa identidad que permanece cuando nadie te está mirando.
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Y, como mujer, has notado alguna vez que nuestros noes, los que decimos a otros, no a nosotras mismas, nos salen más caros socialmente? Los propios están muy integrados en la idiosincrasia femenina. Bueno, en la mía menos, que debo tener el córtex prefontal de un preadolescente 🤣
También vengo por recomendación de kaizen y el tema me interesa mucho, me descubre una realidad muy curiosa, hay decisiones y dilemas en la vida difíciles pero necesarias, gracias a esas bifurcaciones de la vida llegué aquí por suerte para mi es donde quería estar :)